¡Viva España!, toros, literatura, idiomas, cine, Japón y mucho más. La vida es sueño. Somos mortales. (¿Almas en pena?) ¡Disfrutemos de la vida breve, pasajera y perecedera! 人, 言語. 文化・芸術, valores, 価値観, 多様性, diversidad, 祭, 旅, sol y sombra. Hay de todo. Caleidoscópico. Lo efímero. 夢に現に. buenas adquisiciones, 趣味・良品 Obras maestras desconocidas.// serendipia // 西語対面特訓好評受付中. お申し込みはウェブ・バージョンにて 右欄の連絡フォームで. el mejor profesor de gran solvencia profesional, con experiencia / スペイン百科&百貨 con deleite
World-wide The Labyrinth of the Faun (English, Alternative Title)
Localizaciones del rodaje
El Espinar, Segovia, Castilla y León, España
Segovia, Castilla y León, España
Belchite, Zaragoza, Aragón, España
Sierra de Guadarrama mountain range, Madrid, España
España
Algete, Madrid, España (Studio)
Año 1944, posguerra española. Ofelia (Ivana Baquero) y su madre, Carmen
(Ariadna Gil), que está embarazada, se trasladan a un pequeño pueblo al
que ha sido destinado el nuevo marido de Carmen, Vidal (Sergi López), un
cruel capitán del ejército franquista por el que la niña no siente
ningún afecto. La misión de Vidal es acabar con los últimos miembros de
la resistencia republicana que permanecen escondidos en los montes de la
zona. En la zona viven Mercedes (Maribel Verdú), el ama de llaves, y el
médico (Álex Angulo) que se hace cargo de Carmen. Una noche, Ofelia
descubre las ruinas de un laberinto, y allí se encuentra con un fauno
(Doug Jones), una extraña criatura que le hace una sorprendente
revelación: ella es en realidad una princesa, la última de su estirpe, y
los suyos la esperan desde hace mucho tiempo. Para poder regresar a su
mágico reino, la niña deberá enfrentarse a tres pruebas.
543 01:07:04,099 --> 01:07:07,256 ...las cosas por aquí no están muy bien.
544 01:07:08,353 --> 01:07:11,156
Pero ya pronto tendrás que salir.
公開日:1944年10月5日 (スペイン)
Fecha de lanzamiento
España 5 de octubre de 1944 (Madrid)
10 de noviembre de 1944 (Barcelona)
También conocido como
Portugal O Drama de um Juiz Soviet Union Гвоздь(Russian) United States The Nail
Un juez y una hermosa joven se conocen durante un viaje y se enamoran,
pero al poco tiempo ella desparece. Años después, el juez encuentra en
un cementerio un cráneo atravesado por un clavo. Decide investigar el
caso y las sospechas de asesinato recaen sobre la mujer que debía
casarse con el difunto. Lo que el juez ignora es que el esclarecimiento
del crimen le traerá la desgracia.
Es una lujosa adaptación rodada en blanco y negro de la novela corta del mismo título escrita por Pedro Antonio de Alarcón. En el momento de su estreno fue un éxito de crítica y público en España.
Fecha de lanzamiento 5 de octubre de 2018 (España)
公開
2018年8月3日 2018年9月14日
Un
padre de familia de clase trabajadora, Christopher Robin, se encuentra
con su amigo de la infancia Winnie-the-Pooh, que le ayuda a redescubrir
la alegría de la vida.
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Eres diferente.
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Y a la gente no le gusta lo diferente.
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Entonces no debería ser yo.
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¡No!
Siempre deberías ser tú mismo.
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Es muy confuso.
Texas, año 1963. Butch Haynes (Kevin Costner) es un peligroso e
inteligente asesino que se ha escapado de la cárcel en compañía de otro
preso. Durante la huida ambos se ven obligados a tomar como rehén al
joven Philip (T.J. Lowther), un niño de ocho años que vive con su devota
madre, Testigo de Jehová, y sus dos hermanas. El Ranger Red Garnett
(Clint Eastwood) y una criminóloga (Laura Dern) irán sobre la pista de
los fugados, al tiempo que el secuestro adquiere para el niño cada vez
más el carácter de una aventura.
Finland Onni päättyy huomenna Finland I morgon är en annan dag (Swedish, TV Title) Finland I morgon är också en dag (Swedish) Japan いつも明日がある Mexico Pasión otoñal Soviet Union Всегда есть завтра (Russian) Spain Siempre hay un mañana Venezuela Siempre habrá un mañana
Clifford Groves (Fred MacMurray), es un fabricante de juguetes, cansado
de la rutina y con la impresión de no ser debidamente apreciado por su
mujer (Joan Bennett) y sus hijos. Se reencuentra con una antigua amiga,
Norma Miller Vale (Barbara Stanwyck), a la que no ve desde hace veinte
años, y a raíz de ello comienza a replantearse su vida. Su hijo (William
Reynolds) comienza a sospechar que puede haber algo más entre ellos.
Después de tan larga ausencia mi padre tenía muchos asuntos que arreglar
en Laviana. Permaneceríamos, pues, allí no sólo el verano sino el otoño,
acaso también el invierno; en fin, una eternidad. Yo me dispuse a pasar
la eternidad como la pasan los ángeles, suponiendo que los ángeles no
tengan colegio. Mi padre me había anunciado que todos los días
aprendería mis lecciones de gramática y de historia sagrada y escribiría
mi plana; pero yo conocía a mi padre perfectamente aunque no le hubiese
engendrado y la eficacia de sus preceptos cuando éstos tendían a
molestarme.
Me puse, pues, tranquilamente en los primeros días a recorrer el Paraíso
terrenal y a reconocer sus parajes más deleitosos empezando por nuestra
morada. Era un gran caserón hecho a retazos por sucesivas generaciones.
Para pasar de una habitación a otra había que subir o bajar casi siempre
un escalón y esta circunstancia me impresionó muy agradablemente en su
favor, no sé por qué. Quizá, sin darme cuenta de ello, previese que
aquel constante subir y bajar iba a influir beneficiosamente en el
desarrollo de mis piernas. Sin embargo, lo primero que desarrollé fué la
cabeza, pues di unas cuantas caídas que levantaron otros tantos
chichones en ella.
Había una gran sala en la parte trasera, que llamaban la sala nueva
aunque era terriblemente vieja y a entrambos lados de la casa dos
amplios corredores de rejas guarnecidas con sendas parras. Los muebles
eran feos y toscos: sobre todo un reloj de pesas tenía tan espantosa
catadura, que no podía mirarlo sin sentirme inquieto, y cuando iba a dar
la hora comenzaba a producir unos ruidos extraños y odiosos que me
asustaban.
La cama en que yo había nacido (esto lo supe después porque entonces no
dudaba de haber llegado de Madrid en la consabida cestita) era un
monumento de Semana Santa. Para subir a ella debía de existir una
escalera de mano, pero yo no la vi. Los sillones de la sala pertenecían
al tiempo de los cíclopes o por lo menos a la era pelásgica, pues ningún
hombre de este siglo podía sentarse en ellos por sus propias fuerzas. En
el sofá dormiríamos todos los de la casa sin molestarnos. Ciclópeas eran
también las mesas de roble, que no podían ser removidas sin que subiesen
los criados de la labranza a ayudar a las muchachas.
Pero en medio de toda esta barbarie había un delicioso artefacto
modernista, un organillo no más antiguo de un siglo. Era más alto que yo
y su repertorio se componía de piezas de una ópera llamada La
Caravana, valses de la reina de Escocia, minués y gavotas. Así que
empuñé su manubrio y le hice sonar comprendí cuál era mi verdadera
vocación en este mundo. Yo había nacido para tocar el organillo. Fiel a
la voz del cielo estuve tocando cuarenta y ocho horas seguidas sin dejar
mi trabajo más que a las horas de comer y dormir. Ignoro por qué lo
abandoné pues nadie se empeñó en torcer mi vocación, pero es lo cierto
que al cabo, por mi propia voluntad, fuí dejando claros cada vez mayores
en mi tarea.
En uno de estos intervalos se me ocurrió subir al desván. Era enorme,
obscuro, lleno de polvo y de telas de araña. Imposible imaginar nada más
interesante. Sillas desvencijadas, cajones medio abiertos, residuos de
vajilla, libros encuadernados en pergamino, argadillos y otros
cachivaches de formas para mí desconocidas. En un rincón había unos
cuantos fusiles de chispa, que apenas tuve fuerzas para levantar; había
espadas también, y en un viejo arcón hallé cinco o seis casacas azules,
encarnadas, blancas con las cuales determiné disfrazarme tan pronto
como se presentase la ocasión. Estas casacas habían pertenecido a mi
abuelo que había muerto tres o cuatro meses antes de venir yo al mundo.
Fué militar y se retiró joven a sus tierras. Siendo cadete y contando
sólo diez y seis años había hecho la guerra a la república francesa
cuando nuestra nación se la declaró después de la ejecución de Luis XVI.
Fué hecho prisionero y relataba, según me transmitía mi padre, que al
entrar en Burdeos con otros prisioneros y antes de ser conducido a la
prisión había visto cortar nueve cabezas en la guillotina. Una vez en la
cárcel, que era una especie de viejo almacén, trató de sobornar a varios
centinelas mostrándoles una onza de oro que había conservado. Todos le
rechazaron indignados y alguno le golpeó con la culata del fusil. Por
fin uno de los mozos que diariamente venían a traerles una cabeza de
carnero a cada uno y hacer la limpieza se ablandó, le cedió su
sombrerete y en mangas de camisa y con un cubo en cada mano logró burlar
la guardia y fugarse. Después de muchas y peligrosas peripecias entró al
cabo en España y pudo incorporarse de nuevo al ejército. Estaba de Dios
que mi abuelo, a quien me pintaban como un hombre extremadamente
aficionado a la vida de aldea, como un propietario ordenado y ahorrador,
había de morir como un militar, pues falleció a consecuencia de la caída
de un caballo.
Delante de la casa había dos grandes hórreos[1] que servían para
depósito del trigo; porque en aquella época las rentas se pagaban en
especie. Aquellos hórreos eran deleitosos como todo lo demás. Debajo de
ellos nos cobijábamos cuando llovía y allí se bailaba, se jugaba y nos
podíamos divertir de todas maneras sin temor de la intemperie. Detrás se
extendía la pomarada. Un poco más lejos, y encima de ella se veía la
iglesia y la casa rectoral. Entralgo se halla situado en el ángulo que
forma el Nalón, río mayor de Asturias, con un pequeño afluente llamado
río de Villoria. No le bañan, pues, más que dos ríos y en este respecto
hay que reconocer que es inferior al Paraíso de nuestros primeros
padres, el cual estaba regado por cuatro. En cambio en éste, al decir de
mi profesor de griego en Madrid don Lázaro Bardón, que había estado allí
con una comisión del ministerio de Fomento, soplaba ordinariamente un
viento muy fastidioso. Nada de eso acaecía en Entralgo. Una temperatura
deliciosa entre veinte y veinticinco grados, rodeado de altas montañas,
que lo guardan de los huracanes, sentado sobre el césped, guarnecido por
bosques de castaños y avellanos, envuelto entre manzanos, nogales,
cerezos y otros árboles de fruta. Mucha humedad y mucho lodo durante el
invierno, es cierto; pero nosotros no estábamos obligados a pasar allí
el invierno, mientras Adán y Eva no podían salir de su jardín. En cuanto
a la variedad de frutas claro está que no es posible la comparación
porque en el Paraíso de nuestros primeros padres las había todas, pero
si me dicen que las manzanas y las cerezas que Adán tenía a su
disposición eran mejor que las que yo comía, me autorizo el dudarlo.
El río Nalón distaría de nuestra casa unos quinientos pasos y ciento el
de Villoria. En la margen de éste se halla la célebre Bolera o campo
de recreo donde los vecinos se entregan a sus juegos favoritos el de
bolos y el de la barra los domingos y días festivos. Allí fué donde
Jacinto de Fresnedo venció en buena lid un día del Carmen tirando la
barra a todos los mozos del valle de Langreo[2].
Sobre este río de Villoria hay un pontón de madera y se pasa al camino
de la Fuente por la derecha, y al de los Molinos y Cerezangos a la
izquierda. Cerezangos era un vasto prado en declive y con no pocos altos
y bajos que mi padre convirtió más tarde en pomarada. En aquella época
estaba dedicado a pradera, cerrado como casi todas las fincas de la
región por una paredilla cubierta de zarzamora y guarnecida toda su
extensión por avellanos, que salen de la tierra en forma de
canastillos. Contemplando el valle de Laviana desde lo alto de
cualquiera de sus montañas, se ven todos los prados como claras
esmeraldas cercadas por otras más obscuras.
Una de aquellas tardes me aventuré a pasar el pontón, y encaminando mis
pasos por el sendero de los Molinos llegué hasta Cerezangos. La portilla
de rejas estaba cerrada con candado, pero a un lado había una saltadera
bastante cómoda que me invitaba a entrar. Y en efecto entré y espacié mi
vista con deleite por todo el ámbito de la pradera, matizada de blancas
florecillas. Me sentía dichoso y cada vez más contento de haber nacido.
Lentamente, como quien paladea con glotonería su felicidad, fuí
avanzando por la finca con el oído atento al canto de los pájaros, pero
más aún al de los grillos que en aquel momento me parecían excesivamente
interesantes. Allá en el centro pastaba tranquilo y solitario un
carnero. Aquel carnero me trajo a la memoria el carro que mi padre me
había prometido, y mi felicidad, aunque parezca imposible, aumentó
todavía más. ¡Quién había de pensar!...
Poco a poco me fuí aproximando al sitio donde pastaba el carnero. Este
levantó dos o tres veces la cabeza para mirarme y volvió a bajarla.
Avancé un poco más y entonces el carnero quedó inmóvil contemplándome
con dulce mirada. Luego él también comenzó a avanzar lentamente hacia mí
como si quisiera darme la bienvenida. ¡Oh amable carnero! Me acometieron
deseos de besarle.
¿Qué es esto, cielos? Cuando se hallaba a cinco o seis pasos de mí, toma
carrera, baja la cabeza y me embiste fieramente tumbándome en el suelo.
¡Madre mía! ¡qué susto! ¡qué gritos! Traté de levantarme rápidamente,
pero así que me pongo en pie el carnero vuelve a embestirme y me tumba
de nuevo. Otra vez me levanto y otra vez me embiste y me tumba. Repito
la suerte otras tres o cuatro veces y otras tantas fuí derribado.
En conciencia debo declarar que el animal no me hacía mucho daño, no sé
si porque el golpe era flojo o porque antes de que llegase su testa a
mi vientre ya me había yo dejado caer al suelo. De todos modos comprendí
al cabo con terror que eran inútiles todos mis esfuerzos para mantenerme
en la posición normal de un bípedo. Lo que hice entonces fué llorar como
una fuente y gritar como un energúmeno llamando a mi padre, a mi madre,
a Manola y a todos los criados uno por uno. Nadie acudió en mi auxilio.
¡Qué horrible decepción! Yo había imaginado que Dios había puesto a mi
servicio todos los animales de la creación, y ahora, repentinamente y
sin motivo aparente, uno de ellos se rebelaba, ¡qué digo rebelarse! me
atacaba, me tenía hecho prisionero, y ¡quién sabe lo que haría más tarde
de mí!
La muerte se me presentó bajo su aspecto más espantoso. Tumbado boca
arriba y mirando al cielo gritaba hasta ponerme ronco, repitiendo los
nombres de todas aquellas personas que me parecían bastante poderosas
para luchar con mi enemigo. Hasta llamé a Muley, el perro de Cayetano,
que por supuesto tampoco pareció por allí.
El carnero no hacía caso de mí o por lo menos aparentaba no hacerlo.
Tanto que al cabo de un rato me aventuré a incorporarme; pero entonces
levantó la cabeza, me miró fijamente y yo, aterrado, me dejé caer
nuevamente sobre el césped. Sólo la Virgen podía salvarme de aquella
angustiosa situación, y se lo pedí, repitiendo las oraciones que me
había enseñado mi madre.
Y en efecto, la Virgen vino en mi auxilio sugiriéndome una idea
salvadora. Puesto que el carnero no hacía caso de mí mientras me hallaba
tumbado y sólo se irritaba cuando me veía en pie, tal vez caminando a
rastras lograría evitar su furor. Me arrastré, pues, cautelosamente y
avancé un metro poco más o menos. Miré hacia atrás; el carnero seguía
pastando sin advertir nada. Avanzo otro metro; tampoco. Sigo
deslizándome como una serpiente sobre el césped, mirando a cada instante
a mi enemigo y éste permite que me aleje sin notarlo siquiera.
¿Sería una traición? ¿Me dejaría concebir esperanzas para caer de
improviso sobre mí? Eso pensé con espanto, cuando hallándome ya lo
menos a treinta pasos de él levantó la cabeza y me miró con fijeza.
Quedé yerto. Mi corazón parecía que se salía del pecho. Y sin embargo,
repito, que aquella mirada era más bien dulce que iracunda. En el curso
de mi existencia otra gente me ha mirado de un modo más agresivo sin
embestirme.
Quedé inmóvil y pegado al suelo haciendo el muerto, o por mejor decir
estándolo casi de miedo. El carnero bajó al cabo la cabeza y siguió
pastando y desde entonces no volvió a mirarme. Yo seguí avanzando hacia
la saltadera con la misma prudencia, ensanchando y contrayendo
alternativamente los anillos musculares de mi cuerpo como un consumado
anélido.
Por fin me encuentro a tres pasos de la saltadera. Miro hacia atrás. El
carnero está lejos, muy lejos y pasta tranquilo e indiferente la menuda
yerba. Entonces me levanto vivamente y en menos tiempo que se dice monto
la saltadera y me tiro al camino y corro como un gamo hasta llegar a
casa jadeante y sudoroso.
Cualquiera pensará que llegué presa de la mayor desolación y amargura.
Nada de eso. Mi estado de ánimo era felicísimo: rebosaba de orgullo y de
entusiasmo por mí mismo, pensando en la burla que había hecho al
carnero.
Así es como las satisfacciones de la vanidad esparcen casi siempre un
bálsamo refrigerante sobre nuestras heridas.
La novela de un novelista" es una obra emblemática del autor
español Armando Palacio Valdés, publicada en 1910. Esta novela se
inscribe dentro del realismo y la introspección psicológica, donde el
autor explora el proceso creativo de la literatura. La historia sigue a
un joven novelista que, a través de sus reflexiones y experiencias,
desgrana las inquietudes y dilemas que enfrenta en su travesía para
convertirse en escritor. Valdés, con su prosa ágil y matizada, ofrece
una crítica tanto a los convencionalismos de la sociedad como a la
propia creación literaria. La obra no solo es un viaje a las
profundidades del alma del protagonista, sino también una metáfora sobre
la vida misma y el arte. Con un enfoque en la identidad y la búsqueda
de la verdad, esta novela invita al lector a contemplar su propia
realidad y los retos de la expresión artística. (ESCENAS DE LA INFANCIA Y ADOLESCENCIA)